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miércoles, 15 de julio de 2015


“El bosque tropical”
Se hacía tarde ya, entre vejucos y zacate algo se agitaba; fue entonces cuando un centenar de luces se encendieron frente a sus ojos, la joven niña se sintió sorprendida al encontrarse envuelta en esa cantidad de luciérnagas, que parecían querer guiarla por el bosque rumbo a casa. Llevaba más de cuatro horas de haber perdido el rumbo, todo gracias a un enigmático cuyeo que se cruzó en su camino, y pues claro, a su desbordante sentido de la curiosidad. Las luciérnagas entre aleteos y palpitantes luces la condujeron a un pequeño riachuelo, en donde se desvanecieron entre los arboles de guarumo y corteza ya casi indivisibles.
El preciado líquido que fluía por el arroyo, alardeaba de ser lo mejor de lo mejor; y con razón, al encontrarse en lo más profundo de la selva, con pocas plantaciones de banano cerca y aún peor, tras varios días que ni una gota de agua se dignaba a caer sobre estas tierras exigentes de abundante y constante H2O, era como haberse encontrado con una divinidad, la cual abría sus brazos a la niña, “- más puro que la virgen María-” decía el arroyo y ella sin este haber terminado la frase se lanzó hacia él y una vez saciada su sed, procedió a limpiar su enmugrecido cuerpo.
No solo eran cuatro horas de haber aguantado sed y hambre, eran cuatro horas de constante roce con los pastos y ramas, que atentaban contra sus rodillas y sus cortos ropajes,  prendas que a esas horas eran resfriado seguro, en el menor de los casos, ya que desde hacía rato los mosquitos le venían atormentando las piernas. Todo esto se desvaneció de su mente como un fantasma, al recordar las historias y leyendas del pueblo; su madre le contaba como en lo oscuro y más profundo del bosque habitaban ciertas especies de árboles que durante el día brindaban frutas a los aldeanos, las cuales eran muy útiles para la supervivencia, pero durante la noche se podía ver el otro lado de la moneda, era el alma de los árboles que dejaba su cuerpo físico, para materializarse en un ser vagante siempre buscando diversión y entretenimiento, lo tranquilizante de la historia es que esos seres no podían permanecer mucho tiempo fuera de su cuerpo, por lo que en cuestión de un par de horas se agotaban y regresaban exhaustos a continuar descansando.
Pero a todo esto, ¿Cómo sabría que vio uno?, ¿Qué características tenían?, su corta edad y por lo tanto experiencia le dificultaban esto. ¿De qué color eran?, ¿Qué árboles se transformaban?, ¿Cómo olían?, ¿Comerían niñas morenas o preferirían la pálidas?, ¿Será que también los fastidiaban los mosquitos?, todas estas preguntas pasaban por la mente de la joven infanta, mientras poco a poco sentía como el frío del ambiente se iba desvaneciendo, escuchó ruidos a sus costados y con expresión de absoluto pánico, viró a ver y observó como la vegetación cercana era pisoteada, se armó de valor y siguió las pisadas, muerta de miedo caminaba y se refugiaba en los arboles aledaños y con su total atención puesta sobre las pisadas logró divisar que en estos sitios la espesura del bosque se apreciaba  difusa y muy irregular, tras varios minutos de observar esto se encontró con una plantación de árboles de mango, los cuales pese a lo oscuro del ambiente logró reconocer; eran de su vecino Rodolfo, el cual por cierto los tenía muy bien cuidados, las pisadas se detuvieron frente a los árboles y fue en estos que la niña percibió como la corteza se abrió como recibiendo algo y en ese instante la temperatura aumentó y se observó un destello emanar de la corteza abierta. La niña creyó que esa calidez que había sentido acabaría ahí, pero  no, al contrario, aumentó y se vio acompañada de una brisa fuerte y con una temperatura aún más cálida, de pronto sintió movimientos cerca, nuevamente la vegetación se sacudía y pisoteaba, pero en esta ocasión con mayor fuerza y caos, de nuevo notó lo opaco e irregular del ambiente, que parecía trasladarse al compás de las pisadas, con forme se movía se empezaron a distinguir unas manchas verdes y un punto rojo muy llamativo; decidió que era hora de continuar, estaba cerca de casa y sentía dentro de sí que ese ser  (fuese lo que fuese) no la dañaría y que al contrario, la llevaría a casa, con forme caminaba la mancha verde se hacía más clara, hasta que logró comprender que eso que veía era el  alma de la Guanábana, la cual había salido de su cuerpo diurno y al igual que ella se embarcó en una aventura en el bosque tropical.
La curiosa criatura se apreciaba agotada, tenía un aspecto espeluznante, la mancha roja que había visto, era su ojo; sus brazos, piernas y nariz prominentes parecían ser extensiones del árbol y pues claro su estructura corpórea era propia de una guanábana, verde y con espinas, además de que en el sector del vientre se podía percibir parte de su pulpa, la cual mostraba sus negras semilla dando la sensación de que estaban pendientes de lo que sucedía en los alrededores.
 El ser no se logró dar cuenta de la presencia de la niña, y aunque lo hubiese hecho, había jugado tanto que no sentía los pies, continuó su camino hasta llegar a una casa en donde en la parte trasera se encontró con su cuerpo, seco y muerto por la falta de un alma. La niña sorprendida observó como la colosal alma, se posicionaba de su árbol de Guanábana, en una explosión de luz y color, donde la corteza se abrió para recibir el fantástico ser, fue así como el árbol regresó a la vida, en cuestión de instantes  como si nada hubiera pasado el espécimen recuperó todas sus hojas y frutos; la niña ingresó a la vivienda, agradecida porque el bosque más que quererla dañar quiso volver de sus horas momentos muy sensoriales cargados de experiencias.     

                                                                                                                                                                                                                         Fin…                             
 Autor:   Gregory Alpízar Jiménez 

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